Mañana gris, tarde gris, probablemente noche gris. Aire frío entra por la ventana, mis pies en sandalias empiezan a sentir sus últimos días de libertad. Otoño amenazante por la ventana, invitación al recogimiento, señal de inminente final del verano. Se acabó, muchachos, las fiestas de la Mercè este fin de semana servirán para darle una buena despedida en forma de conciertos y mil actividades al aire libre, amigos, comidas y reencuentros, cervezas, quizás algo de vino, siempre y cuando la habitual lluvia de la época nos lo permita.
En momentos como estos es fácil caer en la reflexión, en el análisis del momento, tras la euforia estival y vacacional. Y con el análisis, las conclusiones, darte cuenta de las cosas que no funcionan, que quizás no tienen arreglo, que hay que asumirlas tal cual. Con ello, la motivación se desvanece y aparece el hastío, las ganas de evasión, los pensamientos de huída, a corto o largo plazo. Aunque a dónde vas a ir, con lo puesto, con lo que te rodea. Cuando no tienes ganas de empezar de cero ni de seguir con aquello que te hastía, cuando ves el final cada vez más difuso, te adormeces en un letargo que puede hacerse eterno. Los ojos se cansan de mirar sin atender, la cabeza de dar vueltas innecesariamente, las piernas de estar cruzadas horas y horas en la misma silla.
Quizás más tarde salga el sol, vuelva esa claridad preotoñal tan triste como el gris que ahora impera. O una tímida noche estrellada coja asiento privilegiado y se lleve todos estos pensamientos. Lo que está claro es que hay días que deberían desaparecer del mapa o al menos pasar mucho más rápido de lo que lo hacen. Y que hay dos opciones: regodearse en las penas con canciones tristes como esta (por escoger una al azar), o intentar forzar la salida del sol de manera tranquila con temas como esta delicia del "Mission bell" de Amos Lee, que tan curativo está siendo en estos momentos.