La música rodea nuestro mundo, nuestra vida, no existe el mundo sin ella. Entonces, ¿por qué no rellenarla con grandes canciones y crear nuestra propia banda sonora? Melómanos sin remedio, bienvenidos.
Esperar. Y esperar. De la manera más tonta, inconscientemente, y darte de golpes en la cabeza a sabiendas de que es inútil. Esperar qué. ¿Una señal? ¿Un gesto? ¿Una simple presencia? ¿Qué? De qué sirve esperar algo que no va a pasar nunca, que casi mejor que no pase, que no haya pasado. Pero ahí está. El fantasma de la esperanza fluyendo por los surcos cerebrales y saliendo a flote en los conductos nerviosos de la consciencia de tanto en tanto para recordar que aún está ahí, que no ha muerto. Porque tú conscientemente deseas que así sea, que se ahogue entre la masa gris, que desaparezca al fin.
Recordar. Y recordar. Aquello que fue, aquello que hubo, el tiempo pasado, las anécdotas, el cariño, la complicidad, lo compartido. Ser consciente de que nunca volverá a ser lo mismo, que llegó a un punto de no retorno, que mejor que sea así, que quizás no tenga ningún sentido, que quizás nada tuvo nunca ningún sentido. Porque el recuerdo esclarecido desembocó finalmente en el eterno mar de la decepción y la sensación de engaño, donde se pierde pero lucha por no diluírse, para hacerse patente, para poder seguir sacando la cabeza y anunciar que aún sigue ahí.
En algunas ocasiones cuando el recuerdo y la esperanza se dan de la mano surge la nostalgia. Pero no una nostalgia de sonrisa, sinó una nostalgia de leve dolor. Un dolor que por suerte te permite seguir siendo feliz y disfrutar de tus cosas, con el que puedes vivir, que puedes olvidar en muchos momentos, pero que ahí está. Junto con la esperanza, el recuerdo, la decepción y la nostalgia, fluyendo por las venas de la inconsciencia en pequeñas concentraciones pero suficientes como para, en momentos de debilidad, recordarte que están presentes, aún sin querer reconocerlo.
Y una canción perfecta para el desahogo, como muchas de las del trío de Duluth, de su último disco del año 2011, "C'mon", del que debía una canción y que iba a acompañar esa crónica del fantástico concierto en la Apolo el pasado mes de marzo que nunca llegó a escribirse. La calidez de la voz de Mimi entre las sábanas de la reconfortante base musical. Probablemente una elección totalmente personal, pero finalmente una canción que me hace sentir muchísimas cosas. Como todo lo descrito arriba.
Hoy no tengo muchas ganas de recordar. Es un día triste, muy triste, y eso que la tristeza me la provoqué yo misma. En la vida a veces tienes que tomar decisiones muy duras, decisiones que cambiarán tu vida, pero cuando llega la hora de ser valientes es inevitable sentirnos mal al ver que estas decisiones pueden perjudicar a otras personas. En fin, pasaré una temporada un poco mal, necesitaré desahogarme, llorar, hablar con mis amigos; y continuar y tirar hacia adelante, porque no queda otra opción. O quizás quien sabe, me arrepiento, vuelvo atrás y deshago lo hecho, nada está descartado de principio.
Hoy me disculparéis, pero me apetece salirme de la tónica y poner una canción preciosa, pero que me ayuda a desahogarme y me lleva a un punto de consuelo. Me acompañó y me calmó en algunos momentos de nervios hace unas semanas, y ahora quizás la necesite para algo muy diferente. Se trata de una de las maravillas de "The great destroyer", el séptimo trabajo de Low, una formación de indie rock norteamericana que, con una base slowcore y una bonita combinación de voces masculina-femenina, consiguen un sonido embriagador y emocionante. Algo que necesito escuchar hoy y días como hoy, y que espero que os guste.