Una lluviosa y fría tarde de domingo de invierno en buena y cálida compañía como clausura a otro fin de semana más de alta intensidad y planes imparables. No sé qué habrá tenido este inicio de año que por diversas circunstancias los fines de semana se convirtieron en maratones completas. Pero entre maratón y maratón hubo un momento de encuentro inesperado, uno de esos para los cuales una aún no está suficientemente preparada. Un encuentro que finalmente no llegó a ocurrir, porque el instinto de autoprotección de aquello que nos hará daño y un siguiente plan me salvaron de hacerlo.
Qué duro es darnos cuenta de que aún nos duelen algunas cosas que ya dábamos por superadas. Volver a sentir nervios, sentir que todo nuestro organismo se altera, volver a derramar pequeñas lágrimas que parecían ya haberse secado hace tiempo. Volver a sentir la misma culpabilidad que cuando todo se desató, atenuada por el paso del tiempo pero aún presente en el fondo de nuestra alma. ¿Cuál será la receta para saber cuándo estamos realmente curados? ¿Realmente hay una cura absoluta o siempre hay un resquicio de dolor en nuestro interior? Probablemente tarde mucho tiempo en saberlo, en comprobarlo. Pero por suerte los momentos de crisis son cada vez más breves y se olvidan al poco tiempo. Aunque me haya dado tiempo para dedicarle unas líneas y acompañar esta canción tan bonita, del último disco de Danger Mouse junto a Daniele Luppi, cantada por Norah Jones. Un tema de día lluvioso, tan acorde con la necesidad de calma que transmite, para cerrar los ojos y olvidarse de todo, que es lo que toca.