Llegué apurando al telonero a la sala Apolo, donde ya estaban bboyz con su mujer y su hijo mayor (que cuando sea mayor y consciente de todo lo que su padre le hizo ver de pequeño posiblemente alucine) en posición estratégica de buena visión, y tras alguna cerveza y buena conversación de espera, cinco minutos antes de lo previsto, salió Dominique al escenario acompañado de su banda. Supe pocos días antes del concierto que, al contrario de lo que sucedió en el festival y de lo que en principio esperaba (y deseaba) ver, esta vez iba a venir sin la sección de vientos que acompaña las canciones del disco. Aún así, quise ir, algo me decía que iba a ser igualmente bueno. Y aunque sí que se echaron de menos esos arreglos, especialmente en "Le convoi" y en "Rendez-nous la lumière", los temas del último disco que sonaron ("Vers le bleu", "Close west", "Contre un arbre", aparte de las mencionadas) lo hicieron contundentes y completos, demostrando que son grandes canciones por sí mismas.
Debido a su amplia discografía y al hecho de que me fue imposible llegar a dominar sus canciones (unido a la terrible adicción que me provoca el último disco) me es difícil enumerar ni el orden ni los temas exactos que cayeron. A lo largo del concierto fue haciendo un viaje por la misma, desde los inicios de "La memoire neuve" con esa preciosa "Les hauts quartières de peine" que sonó en el bis o la mítica "Le Twenty-two bar" que no podía faltar; pasando por sus notables trabajos "Auguri", del que sonó mi favorito "Pour la peau" y ese enérgico "Le secret" que se encargaría de acabar el concierto en su segundo bis, y "L'horizon", del cual sonó su título homónimo, entre otras. Tanto "Immortels" como "Hasta que el cuerpo aguante", del anterior trabajo, "La musique", sonaron mucho mejor que en el disco, con mayor presencia de las guitarras que le dieron un punto de garra del cual carecen en grabación.
Esa interesante fusión musical descrita al principio es reflejada de manera enérgica sobre el escenario. Su evolución musical resulta evidente y clara, pero aún así sus canciones mantienen todas una misma esencia, una misma personalidad. Quizás sea por esa estructura de bases repetidas e intensificadas, la manera de construir las melodías o ese innegable aroma francés que finalmente lo impregna todo. Sea lo que sea, Dominique demuestra sobre el escenario lo que ya nos ha ido demostrando a lo largo de su carrera, que es, ante todo, un gran músico (acompañado por una buena banda, todo sea dicho, cuyo bajista resulta de lo más curioso). Un músico completo, con olfato para componer y experimentar correctamente. Que, además, y no es una obviedad ya que no todos pueden presumir de lo mismo, canta de maravilla, en una ejecución vocal que, sin tener tampoco demasiados matices diferentes, resulta más que correcta, fantástica, fusionada con sus temas, dándole un plus a su propia riqueza.
Para acompañar esta mini-crónica no puedo decidirme por una sola canción. Así que, como ya empieza a ser costumbre, tres temas van a hacerle de comparsa, y cada una de ellas tiene una razón para ser escogida, ya que reflejan diferentes aspectos del cantante francés que quisiera resaltar. La primera canción es, sin duda una de las mejores del último disco, de las más rockeras y completas a la vez; la segunda, mi gran sorpresa del "Auguri", esa canción de eleccción personal que pensaba que no tendría la suerte de escuchar en directo pero que finalmente cayó, sonando además de maravilla, una canción en la que se reflejan esos matices musicales comentados; y finalmente su mítica, "Le Twenty-two bar", porque es la que muchos esperaban escuchar en directo, esa canción tan francesa de sus inicios que contiene la base de toda su esencia, esa misma con la que ha evolucionado sin dejar atrás. Como toca con los grandes.